Mostrando entradas con la etiqueta bar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bar. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de septiembre de 2014

CONVERSACIÓN EN UN BAR, EN CUALQUIER PARTE DE ESPAÑA…


El texto que incluyo hoy en Desde el Caballo de las Tendillas lo descubrí ayer en una página de Facebook. Investigando un poco vi que tiene ya un tiempo, por lo que posiblemente lo conozcáis. No obstante, por su realismo y claridad creo que es interesante incluirlo en el Blog y que lo tengamos muy presente. Es un día como hoy, en cualquier bar de España… 

sábado, 4 de enero de 2014

VUELVE LA MULA AL CUBATA


Y vuelve la mula al trigo, o al cubata, porque después de la polémica que se levantó en el mes de mayo del año pasado en relación al concurso del servicio de hostelería del Congreso de los Diputados hoy volvemos a hablar de este tema, del que ya hablamos bajo el título “Una vida subvencionada”.

Y es que cuando muchos levantamos la voz poco tardó el Presidente de la Cámara Baja en decir que iban a retirar de las condiciones del concurso la obligación de que las bebidas alcohólicas, los cubatas, fueran a precios muy reducidos. Algo que no ha servido para nada.

Y no ha servido para nada porque la nueva empresa concesionaria, Eurest, según informaba El Confidencial, continúa con la política de precios bajos para nuestros diputados y demás miembros de la casta, 3,45 euros por un gin-tonic, 3,40 por un cubalibre, 3,45 por un Bloody Mary y 4,10 euros por un ron reserva. Además de recibir una subvención anual de 1.050.000 euros más IVA hasta el año 2018, lo que hace un total de 4,2 millones de euros (más IVA) que saldrán de las arcas públicas.

Una vez más nos toman el pelo, una vez más nos engañan, para que la casta siga viviendo a costa de los impuestos de todos. De vergüenza. Y no pasa nada, y tiene muy poco eco en la prensa nacional, cuando los medios de comunicación deberían poner esta noticia en primera plana, porque nos están engañando, porque los ciudadanos les tenemos que subvencionar sus comidas y bebidas.

Y digo yo, el Congreso no es un centro de trabajo, ¿no debería estar regulada la venta de alcohol? Pues parece que no. Bueno, para lo que hacen muchos de nuestros políticos, qué más da que se tomen un cubata (o dos) después de comer. Lo dicho, que nos siguen engañando, que las polémicas no sirven para nada, que no rectifican y nuestros políticos siguen a lo suyo, como decíamos al principio, vuelve la mula al cubata…

domingo, 4 de noviembre de 2012

LA BODA DE MI MEJOR AMIGA por Piti Ferrer


Viernes, 19.00 horas, estás medio arreglada y, encima la boda, de la que eres testigo por ser de una de tus mejores amigas, es a  las 19.30 horas y no has salido de tu casa. ¿Qué haces? Terminar de vestirte en el taxi con la consiguiente mirada indiscreta del taxista, que a esas alturas de su vida ya ha visto casi de todo y encima gratis. Bueno, mejor dicho cobrando.

Estado anímico, ENFADADÍSIMA, porque el que va al lado tuya, para variar, va “perfecto” (en el 98% de la veces, a costa de tus carreras) y encima relajado. Para colmo, como llegas tarde, nadie ha podido elogiar lo guapísima que vas (porque hasta a la más fea del mundo le dicen que va guapa pero, cuando te toca a ti, “siempre te lo dicen de verdad”) y el modelazo que llevas (si tienes mucho interés en la boda, todo es nuevo, y, si no, es reciclado o prestado). Pero bueno, llega la novia, empieza la boda, la ceremonia larguísima (con cantos incluidos) y, cuando parece que todo va a acabar ¡empiezan las fotos! Te pones, te quitas, te quitas, te vuelves a poner y, ¡bien!, se acabaron.

Ahora, empieza lo bueno. Vete corriendo a coger el autobús para que te lleve a la finca de moda para bodas-bautizos-comuniones que está en algún sitio desconocido hasta para el GPS. ¡Horror! Hay tantos invitados, que se han llenado los dos autobuses, que previamente los propios novios te han insistido en que cojas para que te despreocupes de los controles de alcoholemia, y hay que esperar 45 minutos (que termina siendo una hora y media porque los conductores es la primera vez que van y se han perdido por la malísima carretera) para que te recojan. Y, ahora ¿qué haces? Esperar, encima no vas a perder el sitio en la cola para perder también el siguiente autobús. Miras al lado, ¿dónde está el “perfecto”? ¡en el bar de la esquina! Porque como tenía mucho calor y la ceremonia había sido tan larga, “tenía la boca seca”. Y ahí estás tú, en la cola, de pie, con tus zapatos nuevos, guardando el sitio el tiempo que haga falta y hablando tonterías con gente que no conoces porque tus amigos se han ido todos en el primer autobús.

Por fin, llegas a la famosa finca que, por lo que dice la gente, “tiene unas vista preciosas” pero que como ya es de noche, por motivos obvios, no ves nada y resulta ser un sitio más de celebraciones, con luces amarillentas o peor blanco LED que, entre el mal color de cara que le dan a los invitados y lo poco que se ve, hace que te muevas poco en los aperitivos, los cuales, como has llegado tarde, te has perdido la mitad y todo el mundo dice que estaban buenísimos.

Al cabo del rato, llega una chica muy mona, con cofia incluida, y te pregunta tu nombre para indicarte tu mesa en la cena. Mmmm, no estás. Le dices que pruebe con el nombre del “perfecto”. ¡Ah, sí! Sr. Perfecto y Sra. ¡¿Pero la amiga no era tuya?! Veinte años de amistad para que una de tus mejores amigas te resuma a “y Sra”. Pero bueno, cosas del protocolo.

Primer plato, no te gusta; segundo plato, tampoco te gusta; postre, que bueno… pero que pequeño es. Conclusión, que hambre tienes ¡y con el dineral que ha costado el cubierto! Encima, otra de tus mejores amigas, que comparte mesa contigo, en previsión a lo que podía, e iba a pasar, (porque la tía se había informado previamente del menú y se le había olvidado comentar que era cocina modernita-extrañita-carita) te dice que no tiene hambre porque se ha comido antes de salir un “mollete con jamón y tomate que estaba buenísimo”.

Llega el valls, que mal lo hacen lo pobres, menos mal que los padres de ambos salen para salvar la situación y compartir las miradas de los invitados. A continuación empieza el chimpún y los famosos zapatos nuevos te han hecho una carnicería en los pies. Las tiritas, para qué si se te van a caer. En ese momento te llega una que no ves desde los noventa y te dice eso de “que zapatos más bonitos, son nuevos ¿verdad? es que se te ha olvidado quitarle la pegatina de la suela” y, como si fuese un episodio de Ally McBeal en ese momento, si pudieras, le metías el tacón en la boca.

Y digo yo, donde están esas bodas íntimas en las que iban la familia y los amigos más directos. Porque a mí que me dejen de tonterías, una boda de 200 personas o más, íntima, íntima, no es precisamente. El problema es el negocio que entraña una boda. Cualquier cosa que se haga en ella, en el que su precio normal sería otro, por ser para una “boda” ya es el doble o el triple. Y cuando acuerdas, el negocio ha sido para las chorrocientas empresas que intervienen (desde la imprenta, con las invitaciones, hasta la peluquería, con el peinado de la novia y su familia) y no para los novios que al final son los que tienen que pagarla.